CAPITULO 6: Hábitos

Manejaba un pequeño auto antiguo, dentro de un gran condominio, con callecitas empedradas y jardines grotescos, y como copiloto estaba el gran Almirante Perea, padre de (…) lo recuerdo por la única vez que fui a su casa y no pude olvidar la mirada igual de penetrante y analítica que la de su vástago. Manejaba sin mayor prisa para que, sin previo aviso, la escena cambiara hacia un pequeño comedor iluminado por cirios, donde estaban mis padres, los padres de (…) y el mismísimo (…): todos compartiendo una cena invisible, con platos sin comida y utilizando los cubiertos en viandas inexistentes, mientras yo recitaba un monólogo donde explicaba el porqué amaba follarme a (…). De pronto aparecí en el campus de mi antigua universidad, casi de noche pero había un ambiente de kermesse, veía jovenes (solamente jovenes) caminando en toda dirección, abrazados y disfrutando extasiados de la música que retumbaba en mi cabeza. Todo era borroso, nublado, casi etéreo. Sentía mis manos mojadas mientras caminaba sin un destino exacto. Desde las sombras, emergió un (…) agitado, y tomándome del brazo, como quien se apoya en una baranda al final de una maratón imploraba: “Perdoname, en serio, perdóname Beato… Te amo”. Me tomó de la mano y poco a poco trató de acercarse a mi boca. Desperté. Miré al techo por unos segundos y giré lentamente mi cabeza hacia el reloj: 7 de la mañana. Volví a mirar el techo y algo me hacía pensar que ese día sería una mierda.

 

Releí los 17 mensajes de whatsapp que me mandó Raul la noche anterior en que conocí al norteño de mis futuros tormentos amores. “Roberto es un gran chico, no juegues con el” . Releía sobre todo el “…no juegues con él“… es que acaso yo era considerado un hombre que sólo juega con otros?… El hecho de que Raúl conociera a Roberto y que Raul pensase eso de mi me carcomía el cerebro.

Me desvestí y vestí en diez exactos minutos, y salí hacia la Plaza Mayor a encontrarme con Roberto según la hora acordada. Aun tenía ciertos estragos de las 3 botellas de whiskys de anoche pero tenía igual ganas de verlo. Me sentia muy confiado, hasta incluso sexy (que asco que diga estas cosas…). Mi depa estaba a 15 cuadras de la Plaza, por lo que decidí irme a pie, con las manos en los bolsillos, silbando como taradito una balada romántica, tal como esos personajes que pululan en las peliculas de amor que tanto odiaba.

6:50 pm. Gracias al par de calancas piernas que Dios Padre me dio, llegué muy temprano y por obvias razones no había señales de aquella estatua norteña, también llamada Roberto. Recorrí la plaza sin prisa, introduciéndome por sus hermosas arquerías coloniales, hechas de piedra volcánica donde se pierden las puertas de cafeterías, librerías y agencias de turismo. Caminé por ellas sin mayor interés, hasta que sentí una dura palmada en la espalda… ouch.

– Eh Beato!
– Hola man, que tal? – respondí con sorpresa, no solo por la fuerza sino por el pantalón celeste tipo-tempera-david y una camisa blanca ceñida a su musculado ser.
– Bien, bien, eh,… bien
– Qué pasa?
– No sino que, osea, perdón por lo de aquella noche, no soy de tomar asi, solo que la platica, el grupo y pues me hicieron perderme un poco. Antes que nada, creo que te mereces una disculpa.
– Pero, eres de tomar mucho? eres de salir mucho?
Noté un interés sincero en la espera de aquella respuesta
– Bueno, salgo cuando quiero bailar pero no todos los fines de semana, es decir, también soy hogareño, también me gusta viajar, conozco el norte, Piura, Tumbes, hermosas ciudades y sobre todo de gente muy amable.. y por lo visto, también muy guapa.
De pronto su actitud fue la de un niño al que le habían dicho que había hecho muy bien la tarea y que esperaba su premio. Me acerqué para abrazarlo, pero me rechazó de inmediato. Aquel momento no debió ser pasado por alto porque sería uno de los temas que Raul no me contó entre los 18 mensajes de whatsapp….
– Estamos en la calle Beato, compórtate.
– (juat?)
– Vamos a tomar algo – contestó sin tomar en cuenta mi cara de sorpresa.
Ya a la luz del restaurante pude reconocer lo envejecido de su rostro para tener casi 30 años, sus arrugas en los ojos, y sus manos gastadas “extraño para un capitán, en teoría ellos no hacen tareas manuales” pensé. Empezó a contarme su jornada laboral, algo de unos amigos y de una ex enamorada, pero lo que empecé a notar era lo mecánico y calculado de todos sus movimientos, pareciese que los pensara con horas de anticipación, repasándolas en su mente y ejecutándolas con la precisión de un procedimiento de guerra. Estaba frío, distante, y barajé la posibilidad de que ahora, a la luz del segundo encuentro, sea yo el que tenga los defectos y deje de ser el objeto de su deseo.

Asi es, otra vez el mismo error de idealizar a alguien por algo que duró unas horas. Me sentía ingenuo, inmaduro, “Si” – pensé nuevamente “Inmaduro” tal como me lo repetía mi mamá, inmaduro para todo hasta para el amor. Roberto seguía hablando pero yo estaba en otra, empezaba a revisar el restaurantucho donde se realizaba semejante acto patético. El mesero era bastante atento, bastante ágil y bastante homosexual también, porque desde que entramos no dejaba de voltear para verlo. La obesa cajera, parecía que le importaban tres carajos lo que sucedía en el negocio, ella estaba decidida a terminar un inmenso sandwich de pan baguette, el cual engullía sin ningún estupor mascando con la boca abierta y limpiándose las comisuras de los labios con sus propias manos para luego contar los fajos de billetes, y volver a repetir el mismo ciclo: comer, limpiar, contar. Por otra parte, Lima ahi afuera, vivía intensamente: gente caminando, familias riendose, y jovenes loquitas con jean pitillo y polos igual de apretados, caminaban de lado a lado por la Plaza buscando algún turista que entienda su “Ai ispik inglish” y le pague la cena o algún cuarto de hotel. Los repudiaba, y ese odio incluso llegaba hasta (…).
– Qué, te aburro?
– Ah? – respondí abruptamente
– Estas en otra Beato, te aburro? – repitió Roberto algo serio.
Respiré, tenía ganas de decirle que si, que me aburría la gente closetera, la gente que cree que el ser “caleta” es no tener contacto alguno con otro hombre, ni en broma, ni como jugueteo de amigos. Vaya estupidez.
– Estoy cansado, perdona
– Entonces para que viniste? – dijo mientras sorbía su café
– Perdona?
– Yo vine porque me gustas, y mucho – y nuevamente, sorbió su café.
– …. ah, bueno, – tartamudié
– Si ya se que te pasa, es que entiende Beato, estamos en Perú, aquí no se puede ser marica homo libremente, y menos la gente militar. Ustedes los civiles tienen mayor libertad, porque no están sujetos a un código de conducta, o ética, o esas huevadas que nos condiciona hasta con quien casarnos, ya te contaré, pero si se que me gustas y por eso no quería tirar contigo esa noche, no quiero que sea solo un tire, manyas?
Lo miré por unos segundos, wow, que hermosos ojos tenía el condenado… Asentí con la cabeza y me cogió una de mis mejillas.
– No entiendo.. y eso?
– Tenías una miga de pan – me contestó sonriendo.

La plática se tornó más amical, el ambiente dejó de ser denso y otra vez yo estaba emocionado… maldita inmadurez. Roberto es el mayor de tres hermanos, y su padre fue, también, uno de los altos mandos en la Marina del Perú. “Tal como (…)” pensé… “Tal como quien?” preguntó Roberto. Juraría que sólo había pensado la frase, incluso llegué a pensar que era capaz de leer mi mente. “Por un amigo del trabajo pues su papa es de la Fuerza Aérea” respondí tímidamente, del mismo modo en que minimizamos una travesura ante los padres.

Entre plática y plática dieron casi las 11 de la noche. Roberto se disculpó pero tenía que volver a la base, pues cerraban todo a la medianoche y ni el con su alta investidura podría evadir las reglas. Extraño, pero insistió en llevarme en taxi a casa. Le respondí que podía irme a pie, pero insistió tanto que accedi. Ya en el taxi nos acomodamos pero me pidió que le explicara sobre los balcones de las casas que estaban cerca a su ventana. No sabía a qué se refería, e insistía en que me acerca hacia su ventana para que vea bien el detalle que era objeto de su interés. Lo hice pero antes de que pudiera explicarle que aquel balcón era uno del tipo republicano, me tomó por la cintura y me besó. No pude cerrar los ojos pero si disfruté tocar nuevamente sus brazos y pasar mis manos por su cabello corto, sus pechos duros y voluminosos, los cuales golpié a drede causandoles cosquillas y risas.
– Que rico besas huevón
– Eres loco no? y qué paso con eso de guardar las formas?
– Estamos en el taxi, jamas volveremos a ver a este tío – refiriendose al chófer mientras me tomaba por la cintura. Noté que el chofer nos miraba de reojo sin decir palabra.
Y entre beso y beso algo empezó a sublevarse en nuestras zonas sureñas. No quise decirle para subir a mi departamento porque intuía la respuesta. Al llegar me despidió con un fuerte apretón de manos.
– Mañana vuelo a Piura. En dos semana vuelvo con todas mis cosas y ya tendremos tiempo para conversar. Te llamo llegando. Pórtese bien.

Me quedé un rato afuera mirándolo alejarse con el taxi.Subí a mi cuarto y me masturbé en la ducha, imaginando su cuerpo ahí, desnudo, fornido y bronceado, junto con el mio, maso-menos fornido y nada-bronceado. Pero algo estaba mal, no se si es común que, cuando uno esta cerca del momento del clímax (osea…antes de venirse) uno cierra los ojos y añora las escenas mas eróticas con el objeto de su deseo, pero en este caso las escenas se trasponían, entre Roberto y (…), y yo no paré el constante movimiento manual, pero esas transiciones se hacían cada vez mas rápidas, como una ruleta donde el premio mayor era ver con qué imagen lograba terminar aquel momento de autocomplacencia. Ambos cuerpos se trasponían, luego venian frases, palabras que imaginaba que cada uno podía decirme, palabras sucias, que me exicitaban más y más.

Acabé la ducha y me vestí y me metí en la cama. Maldije mi propia inmadurez, mi propia impotencia de pasar la pagina de no pensar mas en ese idiota. Asimismo, maldije que (…) fuese la imagen y el nombre  con el que terminase aquel momento de placer.

 

 

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