Choca

La carretera parecía jamás acabar, pero aun así el viaje no le parecía aburrido a José María pues era su primer viaje en carretera juntos. De una sonrisa borró toda modorra y volvió a prestar atención a Gonzalo. Le sorprendía verlo apreciar el mar con tanta curiosidad detras de la ventana del auto, y los botes y los islotes y el color verdoso del mar. Parecía un niño descubriendo algo por primera vez, sin mas prisa que su curiosidad.

Gonzalo se dio cuenta que lo observaban; volteó su rostro hacia él. Pasaron pocos segundos antes de decirle  lo que tanto quiso oir de Luis Antonio: “Te amo”. Jose María sonrió para si. Cerró por un instante sus inmensos ojos grises para asentir la cabeza y volvió su mirada hacia la carretera, aún notando que la sonrisa se le desdibujaba a Gonzalo al no oir un eco a su amorosa confesión. Tomó el timón con más fuerza y respiró profundamente.

“Cuádrate un rato, pasando el próximo cuartel”…exclamó Gonzalo poco después.

Jose María dudó un rato, pero accedió. Cuadró el auto a un costado de la carretera muy cerca a un pequeño y, al parecer, abandonado cuartel pintado de verde claro, con dos torreones vetustos cubiertos con maderitas y caca de pelícanos. Apagó el motor y giró hacia Gonzalo mirándolo como aquella primera vez que venció su miedo a acercarse a su grupo de amigos dentro de la discoteca y preguntarle si tenía encendedor, aún cuando el no fumaba, pero se liberó tan rápido de su mirada como del cinturón de seguridad y bajó rápidamente del auto.

“Oye qué haces?” espetó José María. “Baja, baja ahora!” respondió un alegre Gonzalo desde fuera del auto, mirando al acantilado. “No tienes ganas de mandar todo a la mierda? No tienes ganas de quedarte aquí, viendo esto para siempre! de olvidarte de quien eres, de lo que estudiaste, de las responsabilidades y los putos compromisos y simplemente lanzarte hacia donde ya no hay retorno? – declamaba Gonzalo levantando los brazos, aspirando profundamente la brisa marina y sin mirarlo. Jose María escuchaba impávido todo lo que decía, miró el acantilado y pensó lo peor por unos segundos. Felizmente aquellas ideas se esfumaron al ver la hebilla de la correa de Rodrigo caer a la pista, y apreciarle el trasero desnudo disfrutando de la brisa marina.

-“Estas loco?”… sonrió un tímido, pero excitado, Jose María
– Cáchame – respondió ahora sí dándose la vuelta hacia él, apuntándolo con su virilidad sureña  – tírame huevón…

Sonrió. Abrió la puerta del copiloto y acomodó a Gonzalo a lo largo de ambos asientos. Primero empezaron con unos besos profundos, luego vinieron las caricias, controlando la fuerza descomunal de Jose María producto de años entrenando en el gimnasio y así recorrer su cintura, dorso y terminar en su rostro. Gonzalo invirtió los papeles y ahora el estaba sobre Jose María. Sus manos eran más ágiles y no tardó mucho en descenderlas hacia donde la ebullición era latente,  para así tomarlo entre sus manos y no parar hasta colocarlo en su boca.

Por uno momento, Jose María se sintió amado, tanto así que las palabras que tanto Gonzalo quiso oír en respuesta a su “te amo” empezaban a formarse en su boca, no sabía si desde su corazón, pero sí desde su mente, mirándo debajo suyo; ahí,  bañados por la brisa y el sol, dos cuerpos tan similares pero tan distintos, hacían estallar aún más su virilidad mediante gemidos cogiéndose de los brazos, de los hombros de donde pudieran tocar y sentir que aquel cuerpo no era una delicadeza de la naturaleza, sino una bestia a la cual dominar.

Y tanta cadencia, tanto empuje de caderas no podía sino acabar en una exhalación profunda para caer ambos en un rotundo silencio. No existía nadie más; por un momento no había pasado, ni futuro, sólo el presente.

Bien dicen que la necesidad es amiga de la imaginación, porque ya después de llegar a su destino no recordarían bien en qué posición  y como pudieron hacer el amor durante esos pocos minutos, en tan poco espacio, pero sí que fueron suficientes para apaciguar sus ganas, aún sin percatarse  de las miradas furtivas de algunos soldados que vigilaban el cuartel desde un torreón; mudos, pero atentos, espectadores de aquel encuentro.

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